Acerca del deseo y su movilidad
Necco, M. Carolina
Existe algo más
móvil que el deseo?
Cambia la piel en una pareja. Cambia la sintonía con un amigo. Cambia
un sentir. Se modifica una idea, un pensamiento. Algo pasa entre dos, tres, cuatro o más cuerpos. Algo pasa o ya no pasa.
Se cortó un
flujo. Se entró en otra frecuencia. El deseo se movió… no de objeto. El deseo
que pensamos no tiene que ver con sujetos ni con objetos. El deseo que pensamos
no se mueve buscando objetos, cosas, sujetos sobre los cuales posarse, recaer,
quedarse. Circula entre un conjunto
de espacios heterogéneos.
El deseo que
pensamos se mueve, fluye, se desplaza porque el movimiento es su esencia.
El deseo posee
una potencia inmanente de
circulación, fluye, se mueve con una
direccionalidad. Se mueve, circula sin un mapa fijo, no tiene
marcados sus senderos. Se trata de una cartografía: deja líneas de sus trazados allí por donde pasó y conectará luego esas líneas con otras, múltiples; paquetes de líneas que la cruzaran, la atravesaran; líneas de
ruptura, líneas de corte, líneas de fuga, líneas que se inventan, líneas que se
descubren y líneas que se escriben conscientemente.
Los viejos con
los que trabajo me dicen y me enseñan que el deseo es un motor muy potente… comparto.
A veces se
presenta como ante mí, como una energía intensamente poderosa, energía que
atrae algunas cosas y rechaza otras. Parece manejarse por ciertos efectos de
vibración y/o resonancia con ellas… Se
siente a gusto en ciertos lugares, lo cautiva alguna persona; me tironea
hacia una vida, hace que quiera
quedarme eternamente abrazada a una
piel o me hace repugnarla sin que pueda comprender qué pasó…
El deseo se
mueve, cambia de plano, de dimensión… cambio fugaz ¿? (no lo sé, el tiempo es
una ilusión)… Cambio imperceptible. Realidad invisible de movimiento, al menos
del modo en que estoy pudiendo mirar
hoy.
El deseo que decimos no se deja capturar ni apresar por ningún objeto:
padre, madre, pareja, estudio, trabajo, lugar... Se
mueve, fluye. Como un electrón dentro de un átomo, de repente, cambia de posición, cambia
de dimensión, de plano, aleatoriamente,
está aquí y después allá… salta. Me acerca y me aleja. Nos acerca y nos aleja.
Es una cuestión cualitativa. Una
suerte de atracción que nos lleva a estar en ciertos universos, a tramar
composibles: a componer con las cosas una forma musical, en la cual hay notas que
entran dentro de la armonía para hacer una bella melodía y otras que no. C´est la vie…
A veces mi
deseo se deja entrever, fugaz, instantáneamente ¿? (No lo sé, el tiempo es una
invención) lo cierto es que me aparece, siento que puedo dar cuenta de él, me
habla, me grita, se hace oír. Lo percibo. Lo registro.
“Ahí
está…” “Si, si, es por ahí…” “Ayyyyyyyy”
-
Se
eriza mi piel, se acídese mi estomago, se tensan cada uno de mis músculos…”
“No,
no acá ya no….” Andate, andate!!!!
“Vamos, vamos un poco más”
Busco crecer
en esos registros. Hacerlos cada vez más perceptibles, ponerlo en un stop en mi cuerpo cuando es necesario,
abrazarlos, apretarlos…
No se trata ya de tomar aquello que me impulsa sin
que medie pensamiento alguno. La línea del deseo -de mis deseos al menos- puede
ser tan maravillosa como letal… A
veces su potencia me lastima… Su intensidad hace que me ubique en lugares, entre cosas, destructivas para mí y
para otros.
Es un aprendizaje crecer en el registro de lo que deseo… es un aprendizaje elegir qué hago con esa potencia.
Si el deseo
que pensamos es un puro proceso de producción. Me pregunto: se detiene el
proceso? Se bloquea? Se corta? Se anestesia? Cuándo? Ante qué?
El deseo que
pensamos no existe por fuera del campo social, sino que es inmanente al mismo, participa
inseparablemente de ese plano y superficie en el todo se produce y se fabrica.
En este
sentido, su potencial de producción queda sujetado, apresado, capturado en las
lógicas de producción de ese campo.
La maquinaria
capitalistica[2]
es una máquina infernal de producir deseos.
Inventa, fabrica, instala y produce subjetividades
deseantes. Sujetos que desean desde
la falta.
El deseo
capitalista es el deseo de la falta. El deseo de la ausencia. El deseo de la
necesidad. Esta maquinaria necesita
producir ese deseo y esas subjetividades deseantes.
El deseo que pensamos y deseamos no tiene que ver
con la falta. Al deseo no le falta nada, porque se halla completamente colmado.
Es una cuestión de potencia. Es una cuestión de gradientes.
El deseo que
decimos se desliza en un campo; viaja, cambia de posición, circula, busca y se mueve pero no porque le falte algo sino porque posee una energía esencial de
movimiento, cinemática y dinámica. Se acelera, se desacelera, se mueve, reposa
por acción de la primera; afecta a otros cuerpos y es afectado por ellos por
efecto de la segunda.
El deseo que
decimos no es sinónimo de necesidad. En la necesidad está el registro de la
carencia, de lo que falta… el deseo
tiene que ver con otra cosa, porque decimos nuevamente: al deseo no le falta
nada, se halla completamente colmado en
su potencia.
Registrar deseos
Conectar
deseos
Potenciar deseos
Construirlos…
Alejarlos de
sacerdotes y psicoanalistas, sobre todo cuando éstos me habitan; distanciarlos,
llevarlos lejos de cosmovisiones falocéntricas y homocéntricas, cosmovisiones
que reducen sus movimientos a la repetición
neurótica y lo agobian y destrozan en la triangularidad edipica: papá- mamá y
yo.
Es un desafío…
un modo de vida…
Deseo nómade, que se aventura a lo
incierto, lo fortuito, lo deleznable y fue apresado por agenciamientos tremebundos “Deja a tu padre, a tu madre
y sígueme”.
Me condujo a investir Dioses y Santos, libros y paisajes, hombres y mujeres, pobres y hermanos, músicas y silencios.
Hoy transcurre por otros senderos…
La potencia
incalculable del deseo, la potencia desconocida del cuerpo, es fuerza vital en
los intentos cada vez más conscientes y elegidos de dessujetarme de algunas
ataduras. Resistir a las capturas y
migrar.
A veces es un
atreverse, se traza de pasar un limite,
dar un salto, dejarme llevar e impulsar hacia un allá en el deseo en ocasiones preciso, delineado, claro…en
ocasiones difuso, borroso, incierto… En definitiva, se trata siempre de moverse, de fluir, de
devenir.
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