domingo, 19 de febrero de 2012

Pibes “en conflicto con la Ley”: producción social de subjetividad


Pibes “en conflicto con la Ley”: producción social de subjetividad
 
 
Con tan solo 15 años y 5 de alto ladrón con una caja de vino
de su casilla salió.
Fumando y tomando vino intenta darse valor para ganarse
unos mangos con su cartel de ladrón.
Pero una noche muy fría él tuvo un triste final,
porque acabo con su vida una bala policial.
Y hoy en aquella esquina donde su cuerpo
cayó hay una cruz de madera que recuerda al pibito ladrón.
 
El pibito ladrón- Pibes Chorros


Necco, M. Carolina

Mauricio tiene dieciseis años. Su estatura no supera el metro sesenta. Tez morena. Ojos de color marrón oscuro.  Mirada fina. Su apertura se hace más delgada aun cuando sonríe resistencialmente en un intento de  aminorar la angustia inmensa que le invade (y me invade)  el cuerpo  todo,  al relatarme cómo su madre biológica, lo encadenaba de pequeño durante días a la cama por su mala conducta.
De esta locura claramente hay que poder salir.  Y Mauricio salió. Con apenas 6 años, se abrió a la única  línea de fuga posible e hizo de las calles de Mendoza  su nuevo hogar.
Mar del Plata lo encontraría tiempo después. Mar del Plata, sus calles y sus cartones, que haciendo un como si de frazadas, cobijaban a esa criaturita que no era recibido en ningún hotel ni “podía pagar un alquiler[1].
Algunos hogares e institutos para menores le esperarían con los años, pero su estadía allí no superaba la semana. No sabía de límites y tarde o temprano, siempre terminaba volviendo a las calles.
A los 13 años,  conocería a la que hoy es su mujer y madre de su primera hija. Limpiaban vidrios y afanaban juntos.
                Allí, en la calle, conocería también a quien hoy llama mamá. Una mujer que lo acogió en su casa y llorando le pedía todos los días que dejara de jalar esa porquería que no le dejaba pensar.
Mauricio vivía drogado: poxirán, pastillas, merca, pasta base y faso… de esto se nutría. Para afanar no se puede estar careta.
 Hoy[2] está en la institución[3] por causa penal. Sus carátulas lo acusan de dos intentos de homicidios calificados que él describe contando de la siguiente manera: a uno le pegué un tiro porque no lo podía controlar al loco. No se dejaba atar!!” -“El otro fue cuando me estaba fugando. Era de tarde. El tipo tenía un arma. Era su vida o la mía. Le di en la pierna. Se cayó. Pensé que lo había matado […] Sueño con su cara todas las noches”.
Se sorprende cada jueves que lo veo en el espacio de terapia individual de su nueva vida sin drogas,  de lo que es estar sano y poder pensar, de lo que es sentir que hay gente que quiere ayudar a este maldito, según se define a sí mismo.
Me pide a gritos que lo ayude a poder controlar sus impulsos porque cuando  lo pinchan o lo fisuran, no puede parar…  no piensa y es capaz de matar, sin dudarlo un segundo.
Llevamos dos meses laburando y hasta el momento no he escuchado de su boca nada que semeje un momento de alegría en su corta vida (salvo cuando tuvo a su hija en brazos por primera vez…)
Tuvo más armas en sus pequeñas manos que juguetes.
Corrió más para escapar de la cana que para zafar de la mancha.
Poco o nada sabe de lo que es tener un amigo.
Roba a mano armada desde que tiene uso de razón y se le para de mano a cualquier gil.
Sabe que sus problemas no son las drogas… lo que no puede es ponerse un puto un límite. Poco sabe  acerca de que sin experiencia de holding, poca noción de límite es posible.
Intentó más de una vez trabajar: en el pescado, en la construcción…pero por 5 mangos  la hora no es negocio, loco. Se hacía mierda el lomo levantando cajones de pescado congelado mientras su patrón se paseaba en su  4 x 4;  y ni ahí que le alcanzaba para  comer, drogarse y  comprarse las llantas de 400 mangos que sí pueden tener otros pibes de su edad.
Tener que hacer tareas de limpieza en La casa lo saca porque le recuerda su época de peón.
Un domingo no aguantó más. Faltaron cosas en La comunidad y fue el principal acusado. No lo toleró. Los puñetazos a las puertas no le bastaron. Saltó el paredón. Se fugó.  Hizo dos cuadras. Se arrepintió y volvió….
El jueves siguiente me cuenta que se siente más o menos.  Que siente algo raro en el pecho. Algo que le produce tristeza. No puede decir mucho más porque él sólo sabe lo que es estar anestesiado y agrega con la intención de clarificarme su idea que drogado no se siente nada. Volvemos a la escena del domingo. El momento previo en que se fuga de la comunidad. La bronca aparece en su relato como emoción dominante. Al  momento en que uno de sus compañeros denuncia que lo vio entrar a la habitación y lo presenta ante todos como el principal sospechoso de los robos, la bronca lo invade y sólo deja lugar a un pasaje al acto: estallar de ira y romper todo.
Cuando le pregunto si le puede poner una imagen a su bronca, me dice que la imagen que se le viene, es la de él mismo. La bronca, como emoción,  me impacta generosa para una vida tan atravesada por la crueldad. Su vocabulario escueto y reducido al lenguaje callejero de pibe chorro, parece obturar que pueda encontrar un modo diferente de expresar aquello que otros llamarían  odio desmedido, violencia irrefrenable…
Consumo desmedido de lo que sea. Pibes en “conflicto con la Ley”.  Quién  produce todo esto?
Producción social de subjetividad
Como sujeto social, el ser humano, nace y se configura en un contexto familiar histórico económico y político particular; se constituye en un enlace, en una trama, a la que está indefectiblemente sujeto.
Somos sujetos sujetados. Nos producimos colectivamente, en los grupos por los cuales circulamos, con y por las relaciones en las que nos entramamos; relaciones sociales económicas, políticas…
El proceso de subjetivación humano queda inevitablemente ligado a otros cuerpos y  no cesa de producirse  mientras el sujeto exista. De modo que, a lo largo de toda la historia vital,  la propia subjetividad continua construyendo y configurándose en entramados de conexión y relación con los diversos cuerpos que circundan y atraviesan al  ser humano y lo convierte en un sujeto sociohistórico, siempre colectivo.
 La propia subjetividad se juega, se inventa, se recrea, se pliega y se despliega de modo permanente, en entramados vinculares y de relación con otros, con los cuales el sujeto entra en inter-acción, compone y se compone.
 En un sistema que produce consumidores y consume consumidores, la problemática de la adicción y la delincuencia, atrapa y captura en la actualidad, sujetos cada vez más pequeños, más indefensos, más vulnerables… y no cesa de producir “drogones” y “pibes chorros”. Producciones lingüísticas que calan y penetran profundamente los cuerpos. Producciones lingüísticas, que los penetran y les otorga esa identidad que no les fue dada por otro cuerpo social.
Se uniforman en vestimenta, lenguaje callejero, modos  de caminar y de pararse… y son capaces de todo por conseguir guita. Salen de caño. Tiran a matar y matan “sin escrúpulos”.
El mismo sistema que los produce los captura por doquier. El mismo sistema que los excluye, los utiliza para reproducir sus lógicas fascistoides  y ser fieles al mandato de Tener, tener y tener: guita y Poder “que no es lo mismo, pero es igual”.
Robar a mano armada Y robar careta[4] Y robar a puro pecho[5], en cada uno de estos modos se ponen a prueba. Merca Y faso Y ketamina Y pastas (bensodiasepinas) y PBC (pasta base de cocaína-paco) Y, Y, Y, Y  …  Microsegundos  de placer… “inigualables”. A diario, se entraman en mundos de pura experimentación que los deja vacios de experiencias.
 Muchas experiencias, para obtener Un mismo estado.
Ponen a prueba cada día su capacidad de soportar, de tolerar… juegan con ir más allá de la propia Potencia, mientras ésta no cesa de disminuir bajo los efectos de Poderes que no pueden más que conducir al sentir de pasiones tristes… como lo hace todo aquello que ejerce un Poder sobre nosotros.
Pasiones tristes que taponan rápidamente con rophinol, cocaína, alcohol…
¿Por qué uno ofrece su propio cuerpo en sacrificio? Me pregunto junto a Deleuze. Qué eso tan fuerte que no se puede aguantar sin la adrenalina del choreo, la euforia de la merca, o “el viaje” del fasito?
Qué se desea realmente alguien que arriesga la propia vida, el propio cuerpo, en cada una de estas Y, Y, Y
Todo el deseo está en la sustancia o en la guita? Qué es lo que lleva a un pibe a sentir la necesidad de afanar sin escrúpulos, y “disfrutar” (durante ese instante)  la adrenalina de meterle un chumbo en la cabeza a cualquiera? De dónde proviene esa necesidad? Quien produce tal violencia?  La villa y la calle y la familia y  la educación que no tienen y el laburo que no agarran, y la economía, y la política, y, y, y…
                Que el fenómeno de la delincuencia juvenil y el consumo de sustancias no queda relegado al estrato de los pobres, lo tenemos todos claro (incluso aquellos que no quieren saberlo). Este trabajo se ocupo de ellos simplemente por singular afectación: los veo a diario, atrapados en esos puntos, en esas líneas duras que los han subjetivado.  El nombre propio queda anulado por el tipo y tiempo de consumo que tienen.  La calle. La guita. La villa. Las pastas. El caño. Los pibes: Contigüidad de territorios que los definen, parecen  decirles “quienes son” (Ser de la identidad). Bloques duros. Segmentos rígidos, muy duros, que atraviesan y compone sus vidas. Líneas que estructuran una vida, la organizan en una posición, Ser Pibe Chorro. 
Pero todas las líneas duras, que componen la vida de un sujeto son interferidas siempre por otras líneas, lineas flexibles, menos localizables; “cuya materia está completamente molecularizada, es decir que le conciernen flujos y partículas que se escapan y rompen esos segmentos rígidos a velocidades que escapan a nuestra percepción” (Deleuze y Guattari.  Mil Mesetas.) A  partir de estas líneas, nos abrimos a la metamorfosis,  se traza un devenir que no está previsto, que es la más de las veces imperceptible, pero que ya estaba aconteciendo en esa vida.
Existen nuevas líneas por trazar, diagramar, inventar,  crear,  experimentar; en lo micro, en lo cotidiano, en el diario vivir,  tan a diario como se juega y se produce la misma subjetivación.
Micro revolución política, social y cultural.
Pensar estas nuevas subjetividades jóvenes no es posible sino nos entramamos finamente en articulaciones donde las formaciones económicas, políticas, ambientales y relacionales  que atraviesan,  trazan, diagraman estos modos de vida, sean consideradas.
Compromiso ético que nos convoca, a su vez, a pensar y a construir otros territorios, otros planos, otras formas de estar siendo en nuestros grupos.



















[1] Palabras textuales de Mauricio  explicándome que  a los 6 años nadie le alquila un lugar a un nene ni lo aloja en un hotel o residencia.
[2] Septiembre de 2010
[3] Me refiero a la comunidad terapéutica para el tratamiento en  drogadependencias  en la cual trabajo.
[4] Sin estar bajo los efectos de la droga


[5] Sin estar armado. Sólo infundiéndole miedo a la persona. 

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